Un mundo complicado: De la caída de la Ley al síntoma adolescente

En las últimas semanas, una frase se repite como un eco incesante apenas se cierra la puerta del consultorio: «Germán, el mundo está complicado…». Cualquiera se siente desbordado cuando el afuera se vuelve tan pesado e incoherente que el mundo interior se agota y duele demasiado. Sin embargo, si afinamos la escucha clínica, notaremos que el malestar actual ya no responde únicamente a una furiosa rutina de exigencias económicas. Hoy habitamos un escenario más profundo y peligroso: asistimos al desmoronamiento de los acuerdos básicos que sostienen la convivencia humana.

Vivimos en una época donde la violencia ha sido legitimada desde las más altas esferas del poder global. Los medios y las redes nos bombardean sin sistema de filtrado con discursos donde el insulto se festeja, la humillación del adversario se vuelve espectáculo y la palabra «empatía», aunque se nombre hasta el cansancio en eslóganes vacíos, ha caído en total desuso en la práctica cotidiana.

A esta crueldad naturalizada se le suma un fenómeno aún más silencioso: la crisis de creencia en las normas y en la verdad. Hoy se desconfía de todo; se cuestionan los procesos democráticos, se desconoce la validez de las instituciones y cada sector fabrica su propia realidad a medida. Para el psicoanálisis, la cultura se sostiene sobre lo que llamamos la Ley Simbólica: un pacto compartido que nos antecede, nos ordena y nos marca que no todo está permitido. Pero la pregunta clínica cae por su propio peso: ¿cómo pretendemos que las nuevas generaciones internalicen un límite sano cuando el propio mundo adulto bastardea, cuestiona y dinamita la Ley todos los días?

Diques psíquicos rotos y un cerebro en construcción

Sigmund Freud nos enseñó que la civilización se edifica gracias a la construcción de diques psíquicos —barreras internas como el pudor, el asco, la moral y, fundamentalmente, la compasión frente al sufrimiento ajeno— que contienen y encauzan nuestras pulsiones más hostiles y destructivas. Cuando la cultura adulta celebra el atropello y la crueldad, esos diques se fisuran.

En medio de esta intemperie simbólica se encuentran nuestros adolescentes. En psicoanálisis sabemos que los jóvenes funcionan como el síntoma de su época: ellos actúan a cielo abierto, y sin los filtros de la hipocresía adulta, la violencia que respiran en el ambiente.

Aquí es indispensable tender un puente entre el psicoanálisis y la neurobiología. Un adolescente atraviesa una profunda metamorfosis psíquica mientras su córtex prefrontal —la región del cerebro encargada de frenar los impulsos, regular las emociones y medir las consecuencias a futuro— aún no ha terminado de desarrollarse. Comprender esta inmadurez biológica no significa quitarles responsabilidad sobre sus actos, sino situarlos en su verdadero contexto: no podemos exigirle a un psiquismo y a un cerebro en plena construcción que operen con una templanza adulta que ni siquiera los propios referentes están pudiendo sostener.

La máscara del Guasón: Cuando el dolor se vuelve acting out

Un reflejo doloroso de este cruce de variables es el reciente caso de violencia escolar ocurrido en Catamarca. Mientras que en un proceso saludable el arte y la ficción funcionan como un refugio vital para tramitar lo terrible del mundo —como decía Nietzsche, «tenemos arte para no morir de la verdad»—, aquí la ficción operó en su reverso más oscuro. El maquillaje del Guasón no fue un juego creativo, sino una armadura utilizada para anestesiar la propia vulnerabilidad y habilitar la crueldad contra una par.

Desde la clínica psicoanalítica, este episodio lleva la marca de lo que Jacques Lacan conceptualizó como un acting out. A diferencia del pasaje al acto —donde la persona se precipita fuera del mundo y rompe con todo escenario, como ocurre en el suicidio—, el acting out es una puesta en escena dramática dirigida a la mirada del Otro. Es un llamado salvaje y desbordado cuando la palabra ha muerto y la autoridad adulta brilla por su ausencia.

La adolescente monta un espectáculo y enciende la cámara del celular porque hoy el goce destructivo exige validación digital. La pantalla borra la barrera ética del rostro humano y busca que el aplauso de una tribuna anónima en las redes sociales garantice una ilusión de omnipotencia a costa de quebrar al más frágil.

Dos subjetividades arrasadas: Sanción Simbólica vs. Linchamiento

Lo más trágico de este síntoma social es su saldo: nos deja frente a dos subjetividades arrasadas, dos adolescentes caídas del mundo por vías distintas.

Por un lado, nos encontramos con la víctima, sobre quien recae un devastador arrasamiento subjetivo. El ataque calculado sobre una joven que ya atravesaba un cuadro de vulnerabilidad previa termina empujándola fuera de su cotidianidad, obligándola a refugiarse en la contención de un centro de día psiquiátrico para intentar reconstruir un psiquismo quebrado por el terror. Su dolor nos interpela y nos exige proteger al frágil antes de que sea tarde.

Por el otro lado, asistimos a la reacción del mundo adulto frente a la agresora. En lugar de responder desde la madurez de la Ley, gran parte de la sociedad reacciona en espejo, potenciando la misma violencia que dice condenar: escraches, casas apedreadas y un cierre absoluto de todas las puertas institucionales.

Aquí debemos trazar una frontera ética fundamental entre el linchamiento y la sanción. Que una institución educativa deba separar a la alumna para resguardar a la víctima puede ser una medida normativa necesaria; pero si el Estado y la comunidad se limitan a expulsarla del sistema sin ofrecerle un dispositivo de contención social, estamos cambiándole el nombre a la venganza. La exclusión total empuja al joven fuera del lazo social y cristaliza el rasgo patológico, porque en el destierro nadie puede repensar lo que hizo.

Una verdadera Sanción Simbólica es aquella que aplica un límite firme e innegociable («esto está mal y tiene consecuencias»), pero mantiene al sujeto dentro del tejido humano. Es exigirle a esa joven que se haga responsable de su acto a través de un tratamiento psicológico profundo y de tareas comunitarias o reparatorias que le permitan volver a mirar al otro como a un semejante, ayudándola a construir esos diques psíquicos que estaban ausentes. Educar no es amputar el síntoma para no verlo; es acompañar el arduo trabajo de humanizar lo que se desbordó.

La pausa interna y el refugio frente a la tormenta

Frente a un escenario enloquecedor que se transmite a la velocidad de un virus, resulta comprensible que a menudo sintamos el impulso de gritar como Mafalda: «¡Paren el mundo, que me quiero bajar!».

Pero como no podemos bajarnos del planeta, nuestra mayor resistencia consiste en conquistar una pausa interna. En la era de la inmediatez digital, donde el algoritmo nos empuja a la descarga impulsiva y a la reacción sin filtro, construir un tiempo de espera psíquico entre lo que nos impacta y lo que hacemos es un acto de profunda libertad. Frenar la pelota nos permite salir del automatismo de la furia para volver a pensar y sentir.

En esa demora vital aparecen nuestros grandes antídotos. Aparece el humor —que, como destacó Freud en 1927, no es superficialidad, sino el triunfo más elevado del psiquismo que se rebela y se niega a dejarse aplastar por la tragedia de la realidad—. Y aparecen el arte, la creación y el espacio del consultorio, donde al cerrarse una puerta al bombardeo externo se abre una ventana a la palabra y al alivio subjetivo. En un tiempo que cotiza la crueldad, recuperar la pausa, sostener la Ley con el ejemplo y apostar por la ternura del encuentro humano sigue siendo nuestra trinchera más luminosa.

Texto: Lic. Germán Rothstein

Imágenes: Gemini IA

📚 Referencias Bibliográficas

  • Freud, S. (1905). Tres ensayos de teoría sexual [Concepto de diques psíquicos: asco, pudor, compasión y moral]. En Obras Completas, Vol. VII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1927). El humor. En Obras Completas, Vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras Completas, Vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Lacan, J. (1957-1958). El Seminario, Libro 5: Las formaciones del inconsciente [La Ley simbólica]. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1962-1963). El Seminario, Libro 10: La angustia [Diferenciación clínica entre acting out y pasaje al acto]. Buenos Aires: Paidós.

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