En la teoría de la comunicación tradicional, el circuito entre emisor y receptor parece operar de modo transparente; sin embargo, en los lazos interhumanos la transmisión de un mensaje nunca es lineal. Las emociones singulares, las susceptibilidades inconscientes y la intromisión de discursos ajenos generan un inevitable ruido comunicacional , produciendo una multiplicidad de interpretaciones sobre un mismo hecho que distancian lo que se pretendió expresar de lo que finalmente llega al interlocutor.
En ese entramado, el valor de las pausas adquiere una relevancia clínica decisiva: lejos de significar simple pasividad, el silencio como mensaje expresa tanto la prudencia como la irrupción del temor ante la mirada del otro. Especialmente en el terreno del afecto y la seducción, la tensión psíquica ante el juicio ajeno suele traducirse en bloqueos inhibitorios o, por el contrario, en un atropellado exceso de palabras que satura el diálogo de datos pero elude el registro de lo auténtico.
Frente al anhelo neurótico de un entendimiento pleno, es preciso asumir que la comunicación ideal es un imposible. Como formulaba Jacques Lacan, uno puede saber lo que dijo, pero jamás lo que el otro escuchó: cada sujeto decodifica desde su historia infantil, sus heridas previas y su particular momento vital. Reconocer ese desencuentro estructural no clausura el lazo, sino que abre paso a una comunicación más madura, despojada de omnipotencia y guiada por la honestidad subjetiva.
Mirá la entrevista completa a continuación, y te invito a leer el ensayo complementario «Llamada equivocada» al pie de esta publicación para continuar reflexionando sobre los enigmas de la palabra y el encuentro con el semejante.
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