La sociedad contemporánea impone una vorágine incesante donde los ritmos acelerados del mercado colisionan con los tiempos singulares del psiquismo. En esta furiosa rutina, la exigencia de inmediatez y rendimiento amenaza con arrasar la subjetividad, empujando con frecuencia hacia estados de ansiedad donde el pensamiento queda capturado por la urgencia del porvenir.
Frente al riesgo de quedar alienados a una velocidad ajena, resulta indispensable habilitar una bocanada de oxígeno . Se trata de propiciar un corte simbólico a través de la creación artística, los espacios recreativos o el dispositivo analítico: verdaderos paréntesis que interrumpen la inercia cotidiana e inauguran un tiempo de espera interno , pausa necesaria para volver a escuchar las resonancias del propio deseo.
Detenerse implica asimismo la posibilidad de celebrarse y jerarquizar lo simbólico. Cuando el automatismo funcional aplana las vivencias bajo la ilusión de que todo da lo mismo, rescatar la trascendencia de los logros, los pasajes vitales y los encuentros significativos devuelve valor a la experiencia e impide que la rutina devore nuestra singularidad.
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