En la cultura actual, la negativa suele cargar con una injusta condena social: se pregona una positividad obligatoria donde decir que «no» parece sinónimo de hostilidad o egoísmo. Bajo este mandato, muchas personas caen en la trampa de la complacencia neurótica, sosteniendo la fantasía inconsciente de que ceder incondicionalmente ante cada pedido ajeno garantizará el afecto incondicional y evitará el rechazo o el enojo del otro.
Sin embargo, la práctica analítica revela el reverso de esta entrega: decirle siempre que sí al otro es decirse que no a uno mismo. Quien no puede negarse termina borrándose subjetivamente y anulando su propio deseo, transformando el lazo en un asfixiante monólogo de la demanda donde solo cuenta la voluntad ajena. Paradójicamente, la renuncia sistemática a la propia voz no asegura el amor, sino que suele conducir al desgaste y a la indiferencia vincular.
Aprender a enunciar una negativa con serenidad y firmeza no es un agravio, sino la fijación indispensable de un borde que frena el desborde. Desde la crianza en la infancia hasta los vínculos adultos, un no a tiempo es un acto de amor : una intervención ética que protege el amor propio, reconoce los límites y rescata la verdad del encuentro humano en lugar del sometimiento.
Mirá la entrevista completa a continuación, y consultá el artículo complementario «Si-No» al pie de esta publicación para continuar explorando este tema.
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