La sensación persistente de no alcanzar nunca las metas deseadas suele esconder una trampa subjetiva: medir los propios logros a partir de estándares ajenos impuestos por mandatos familiares o por el rendimiento que exhiben las redes sociales. Cuando el anhelo queda fijado a un ideal desmedido, la altura de la expectativa se vuelve directamente proporcional a la intensidad de la caída y la frustración.
Desde el psicoanálisis, reconocemos que el deseo se alimenta de una falta estructural que nos constituye tanto en el pasado como en el presente. El camino hacia la serenidad psíquica no radica en perseguir una perfección ilusoria, sino en aprender a habitar lo posible: un movimiento ético que exige distinguir con lucidez nuestras potencialidades reales y asumir la sabiduría de los propios límites.
En la escucha clínica, este recorrido permite sintonizar con el tiempo interno y el momento vital de cada persona. Ajustar las metas en torno al propio deseo —desmarcándose de la demanda del Otro— posibilita desarmar la exigencia destructiva y celebrar aquellos momentos singulares donde lo posible se vuelve acto.
Mirá la entrevista completa a continuación, y leé el artículo complementario «Momentos: alcanzar-lo posible» al pie de esta publicación para continuar explorando estas reflexiones.
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