Vivimos inmersos en una cultura de la hiperestimulación constante, donde el mandato de estar permanentemente conectados a pantallas y dispositivos funciona como un anestésico frente a la quietud. El teléfono celular opera hoy casi como una prótesis psíquica y somática: cuando la batería se agota o el estímulo tecnológico se interrumpe, el sujeto no experimenta un simple descanso, sino la irrupción angustiante de un vacío insoportable.
Ese malestar devela lo que la inercia del hacer cotidiano intenta silenciar: cuando el ruido externo cesa, sobreviene un silencio revelador que nos confronta con el propio mundo interior. Lejos de ser un estado pacífico, en ese hiato suelen resonar los fantasmas del autorreproche, las dudas contrafácticas sobre lo no realizado y la mirada inquisidora de los otros, transformando al aburrimiento en una vivencia temida y evitada a cualquier costo.
Frente a este temor, el trabajo analítico propone resignificar el tiempo de espera . Lejos de constituir una condena o un defecto improductivo, el aburrimiento aloja una valiosa dimensión lúdica: es la pausa necesaria para desarmar la prisa, tolerar la falta y permitir que en ese intervalo emerja la chispa de la creación artística y el deseo propio.
Mirá la entrevista completa a continuación, y consultá el ensayo complementario «El aburrimiento no es cuento» al pie de esta publicación para continuar profundizando en este abordaje.
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