En la vida cotidiana habitamos inmersos en una densa atmósfera sonora: discursos, alertas mediáticas y ecos de crisis constantes que se nos imponen e invaden el mundo interior. Desde los medios de comunicación masivos hasta la escena política global, proliferan relatos enunciados desde un lugar de certeza absoluta que clausuran el margen para la vacilación o el pensamiento crítico. Esta violencia discursiva no se limita al plano macroestructural; suele infiltrarse silenciosamente en los vínculos cotidianos cuando la imposición de una «única verdad» ajena busca doblegar el criterio del sujeto.
Frente a esta saturación, el primer intento defensivo suele ser la desatención voluntaria o el «hacer como que no se escucha». Sin embargo, a la manera del insistente picoteo de un pájaro carpintero, los significantes de la época terminan calando hondo, alimentando la angustia o empujando a muchos a la trampa de «ponerse la camiseta» de bajadas de línea prefabricadas para pelearse con semejantes. Ante esta captura, la primera maniobra de resguardo consiste en despojar a esas voces de su estatuto de verdad incuestionable y someterlas al tamiz del discernimiento.
Dado que los ámbitos tradicionales de formación a menudo responden a una lógica de normalización y las familias sufren la misma contaminación ruidosa del entorno, los espacios de genuina introspección se han vuelto escasos. La clínica psicoanalítica se consolida como un paréntesis indispensable: un territorio de silencio y escucha diferenciada donde es posible desarticular el ensordecedor bullicio exterior para reencontrarse con la resonancia de la propia palabra y la brújula del propio deseo.
Mira la entrevista completa a continuación (comienza desde los 20 minutos y 28 segundos a los 26 minutos y 15 segundos), y te invito a consultar el ensayo complementario «Oídos aturdidos» al pie de esta publicación para continuar explorando este análisis sobre los sonidos del malestar contemporáneo .
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