Las metáforas espaciales permiten interrogar de forma poética y clínica el modo en que nos vinculamos con los demás y con nuestro propio deseo. En la dinámica de las relaciones, podemos advertir la presencia de la persona pared: aquella posición que clausura el diálogo, levanta murallas defensivas e impone un obstáculo rígido que frena el crecimiento ajeno y aísla la propia subjetividad en un callejón sin salida.
En contraposición, constituirse como una persona puente implica sostener una función de enlace y facilitación; es quien conecta orillas distantes, aloja la diferencia y promueve transiciones vitales sin retener ni asfixiar al otro. A su vez, la figura de la persona horizonte encarna una invitación a la proyección y a la trascendencia: alguien que inspira a mirar más allá de la coyuntura inmediata y revitaliza la potencia del porvenir.
Lejos de tratarse de categorías estáticas o etiquetas de personalidad, estas tres figuras representan posiciones subjetivas dinámicas que alternamos a lo largo de la vida. El trabajo analítico propone desarticular las corazas que nos transforman en muros infranqueables para favorecer tránsitos más fluidos, construyendo lazos donde el encuentro con el semejante abra horizontes en lugar de clausurarlos.
Mirá la entrevista completa a continuación, y te invito a leer el escrito complementario «¿Seré pared, horizonte o puente?» al pie de esta publicación para seguir profundizando en estas metáforas.
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