
Algunos conceptos que utilizamos a diario no tienen en su origen un autor académico reconocido, sino que provienen de la cultura popular, el arte y la conversación cotidiana. En la práctica analítica, el consultorio funciona ineludiblemente como un termómetro y una caja de resonancia de la época. Ante tanta incertidumbre y frente a un mundo que gira a una velocidad vertiginosa, las personas suelen buscar metáforas en la arquitectura o en el espacio para intentar definir dónde están paradas.
Es cada vez más frecuente escuchar a los sujetos autodefinirse bajo tres figuras topográficas: la pared, el horizonte y el puente. Pasadas por el bisturí del psicoanálisis, descubrimos que detrás de lo que podría parecer un simple juego descriptivo, se esconden estructuras psíquicas profundas y modos muy distintos de tramitar el deseo, la alienación y la angustia.
La «Persona Pared»: La coraza de lo conocido

Las personas que se identifican con la pared suelen ser fijas en sus creencias, sumamente resistentes al cambio y se aferran con fuerza a ideas preconcebidas. Muestran un miedo palpable a lo desconocido, evitando sistemáticamente nuevas experiencias o perspectivas. Al aislarse, construyen «muros psicológicos» que dificultan la conexión genuina con los otros; buscan seguridad en la rigidez y la repetición. En un mismo movimiento, estas paredes los protegen del mundo exterior, pero a la vez los encierran en una prisión donde no ven más allá de su propia realidad.
Socialmente, esta actitud a veces es aplaudida y confundida con tener un «carácter fuerte». Sin embargo, el psicoanálisis nos enseña que la rigidez no es fortaleza, es terror. Sigmund Freud, en su texto Inhibición, síntoma y angustia (1926), explica que cuando el Yo se vuelve rígido y construye una armadura inquebrantable, lo hace como un mecanismo de defensa frente a la angustia.
El riesgo desmesurado de este supuesto «beneficio de la comodidad tras-muro» es que impide el más mínimo cambio vital. Esto nos remite a lo que Freud teorizó en 1920 como la Compulsión a la repetición: para el psiquismo, muchas veces resulta preferible el dolor de lo conocido que el abismo de lo nuevo. Lo vemos en la clínica a diario: alguien que sostiene un trabajo abusivo durante quince años o una pareja vaciada de sentido, escudándose en la frase «mejor malo conocido que bueno por conocer». Ese muro no está allí para frenar los problemas, sino para que el sujeto no tenga que salir a hacerse cargo de su propio deseo; la pared le quita la incertidumbre, pero le apaga la vida.
La «Persona Horizonte»: La fuga hacia adelante y la trampa del goce

En la vereda de enfrente encontramos a las «Personas Horizonte». Se muestran abiertas al cambio, dispuestas a aprender y crecer. Su curiosidad las lleva a explorar, conectándose con los demás desde la colaboración. Su visión es amplia, desplegando su mirada más allá de lo inmediato, siempre en dirección al futuro.
Esta figura encarna la metáfora perfecta del deseo, el cual, como planteó Jacques Lacan (1953), es eminentemente metonímico: siempre se desplaza. Es el motor vital que nos tracciona hacia adelante, ilustrado poéticamente por Eduardo Galeano: caminas dos pasos hacia el horizonte, y el horizonte se aleja dos pasos.
Pero esta amplitud sin límites esconde una trampa clínica muy actual. Una exposición exagerada que no registra riesgos puede derivar en un exceso nocivo. Aquí radica la diferencia fundamental entre el Placer (que tiene un límite y cuida al sujeto) y el Goce (un exceso destructivo y compulsivo). Un horizonte sin bordes y sin una Ley simbólica que ordene, empuja al sujeto a ser un «eterno buscador». En la era de la hiperconexión, esto se traduce en abandonar proyectos constantemente porque se «descubrió una nueva pasión», o en la incapacidad de sostener un vínculo por creer que deslizando el dedo en una pantalla siempre aparecerá alguien mejor. Esa velocidad no es búsqueda, es una huida; huyen hacia adelante porque detenerse y echar raíces implica enfrentarse a la realidad y a los propios límites.
La «Persona Puente»: La alienación del salvador

La tercera figura suele ser la más aplaudida y romantizada por nuestra sociedad: los puentes. Son personas que conectan a los demás, facilitan el diálogo y favorecen la comprensión mutua. Poseen una empatía gigantesca que, paradójicamente, llevada al exceso resulta nociva: al ocuparse en demasía de «ser puentes» para otros, terminan desconectándose de sí mismos.
Todos queremos tener una persona puente cerca: los mediadores, los que salvan a la familia, los que siempre ayudan. Pero en el consultorio somos testigos de la altísima factura psíquica y física que pagan por ese rol. Lacan nos habla de la Alienación (Seminario 11, 1964): ser eternamente un puente implica ceder el propio deseo para quedar capturado respondiendo exclusivamente a la Demanda del Otro.
Es el clásico «hijo bastón» o el amigo al que todos llaman de madrugada para llorar, pero por el que nadie se preocupa. Al no poder poner un límite, el cuerpo del puente empieza a hablar a través de insomnio, ataques de pánico o enfermedades psicosomáticas. Para sostener a los demás, el sujeto se transformó en un objeto de uso, olvidando qué deseaba para su propia vida. La pregunta ineludible es: cuando pasás tu vida siendo el puente para que todos crucen, ¿quién te sostiene a vos cuando te estás por quebrar?.
La plasticidad psíquica y la retroalimentación del Deseo

Cada ser humano presenta particularidades en su mundo interno y puede identificarse mayormente con alguno de estos tipos. Sin embargo, en una época de inmediatez que exige «diagnósticos rápidos» y etiquetas de internet para justificarnos, es vital aclarar que esta identificación no debe ser inamovible.
El verdadero objetivo de un análisis no es colocar un sello definitivo, sino ganar plasticidad psíquica. Consiste en adquirir la capacidad de adoptar características variadas según sea necesario y posible frente a los distintos atravesamientos vitales. Necesitamos aprender a construir una pared temporal cuando urge resguardarnos de un golpe; animarnos a mirar el horizonte para salir del estancamiento; y, por supuesto, ser un puente para conectar con el prójimo.
Pero el puente nunca puede ser de mano única. El psiquismo requiere la retroalimentación del deseo: si enviamos energía hacia el mundo exterior (un proyecto, un amor), necesitamos imperiosamente que algo retorne del lado del Otro. Hay que aprender a cobrar un peaje simbólico, que no es otra cosa que el respeto por nuestro propio deseo.
¿Estás usando tus herramientas para construirte un muro que te encierra, un horizonte sin fin para huir de vos mismo, o un puente de ida y vuelta que te conecte genuinamente con tu propia vida?
Texto: Lic. Germán Rothstein
Imágenes: Gemini IA
📚 Referencias Bibliográficas
- Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. En Obras Completas, Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas, Vol. XX. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
- Lacan, J. (1964). El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.



