Suele romantizarse la idea de que los celos son una prueba irrefutable de afecto, bajo la trampa discursiva del «te celo porque te amo». Sin embargo, lejos de dar testimonio del amor, los celos dan cuenta del desamparo: a diferencia de la envidia —que se dirime entre dos—, el drama celoso convoca a un tercero amenazante y confronta al sujeto con el angustiante miedo a la pérdida del objeto amado.
Desde la perspectiva psicoanalítica, que Freud delimitó entre celos normales, proyectados y delirantes, quien cela deviene un «maestro de la sospecha». Esta desconfianza sistemática no responde a las conductas reales de la pareja, sino a una profunda herida narcisista: la urgencia de ser amado es inversamente proporcional a la estima del propio mundo interior, ya que quien no puede confiar en sí mismo difícilmente pueda fiarse del otro.
El trabajo clínico invita a interrogar estas marcas singulares, para no quedar atrapados en la ilusión de posesión o control. Poner palabras allí donde antes había reproche permite fortalecer el amor propio y habilitar lazos afectivos sostenidos en la confianza, el límite sano y el respeto por la alteridad.
Puedes mirar a continuación la entrevista completa dividida en dos partes. Consulta el artículo complementario «¿Celar es amar?» al pie de esta publicación para seguir profundizando en el tema.
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