La mirada constituye uno de los ejes primordiales en la estructuración del psiquismo: no solo por la forma en que los otros nos observan en el entramado social y familiar, sino fundamentalmente por el modo en que cada sujeto se mira a sí mismo. Con frecuencia, el padecimiento no proviene tanto de una censura exterior real, sino de la crueldad con la que el propio juicio interno resignifica esa mirada: una severidad superyoica que juzga, desaprueba y carga de dolor la propia imagen.
Esta tensión adquiere especial intensidad durante la adolescencia. En esa etapa de transición —donde la palabra adolecer cobra todo su peso—, el sujeto debe tramitar el duelo por el cuerpo infantil perdido y asumir los cambios corporales, mientras lidia con la exigencia de pertenecer a los grupos y la búsqueda de su propia identidad. En medio de este torbellino, la clínica analítica no ofrece respuestas prefabricadas: a través de una escucha atravesada por la experiencia terapéutica, el analista interroga las marcas de la historia del consultante para invitarlo a reflexionar y anudar su rumbo al propio deseo.
Dado que la mirada se configura en el cruce entre la historia personal, los acontecimientos singulares y los rasgos del mundo interno, existen tantos mundos como miradas posibles. La propuesta analítica convoca a deponer la hostilidad hacia el propio ser para abrir la posibilidad de vivir sin tanto costo psíquico: suspender la lente implacable del juicio para preguntarse, con honestidad y ternura subjetiva, «¿qué mirás cuando mirás?».
Mira la entrevista completa a continuación, y te invito a consultar el ensayo complementario «¿Qué miras cuando miras?» al pie de esta publicación para continuar explorando este tema en profundidad .
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