«Diego, un niño y su pelota: la trampa de ser Dios, los excesos y el juego del niño» | Entrevista en Salud Total

Pensar la figura de Diego Armando Maradona exige una maniobra ética indispensable: sustraerse de las pasiones polarizadas y los fanatismos identitarios que clausuran el pensamiento. Su biografía estuvo signada de punta a punta por la dialéctica de los extremos: en sus orígenes, un pronunciado exceso de carencias y privaciones materiales en Fiorito; años más tarde, en el polo opuesto, un inconmensurable exceso de gloria, fama y reconocimiento que lo entronizó en el lugar del elegido. Aunque en el plano imaginario ser «el predilecto» despierte fascinación o envidia, en la clínica sabemos que ocupar ese pedestal conlleva un costo psíquico demoledor.

La mayor tragedia subjetiva sobrevino cuando el imaginario colectivo lo elevó al estatuto de deidad terrenal. Al quedar posicionado como un «Dios» viviente, sobrevino una catástrofe para el aparato anímico: la disolución del límite del «no». Todo psiquismo requiere del corte de la ley y de la castración para no extraviarse; pero frente a una figura divinizada, nadie se autoriza a poner un freno ni el ídolo se dispone a escucharlo. En ese vacío de sanción, Maradona desplegó un doble juego constante: exhibió la cumbre inalcanzable de su maestría atlética a la par que escenificó sin reparos la transgresión de todas las normas, precipitando desbordes autodestructivos derivados de esa falta de contención.

Esa misma condición de invulnerabilidad le otorgó la valentía de interpelar a los centros de poder y decirles a los líderes globales verdades que ningún mortal se atrevía a pronunciar. Sin embargo, en medio del ruido y la desmesura, hubo un territorio que se conservó a resguardo de la contaminación de la época: su inmortal frase «la pelota no se mancha» sintetiza el refugio más lúcido de su existencia. Frente a la alienación del mito, la pelota fue el lazo sagrado que lo mantuvo unido a la pureza del juego y al niño interior que nunca dejó de jugar.

Mira la entrevista completa a continuación (desde los 6 minutos a los 11 minutos y 30 segundos), y te invito a consultar el ensayo complementario «Diego, un niño y su pelota» al pie de esta publicación para continuar explorando este análisis psicoanalítico sobre el ídolo, el límite y la infancia.

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