La frustración suele vivirse con el peso amargo del desencanto, pero desde la clínica psicoanalítica advertimos que el tropiezo subjetivo es un dolor necesario para crecer. Cuando una idea o proyecto se concibe exclusivamente en el plano ideal —un espacio de perfección e inmediatez inalcanzable—, el inevitable abismo entre lo imaginado y lo que se concreta en el plano real deviene una fuente constante de angustia y parálisis.
Para no quedar atrapados en la queja o el abandono, es preciso transitar hacia el plano de lo posible. Esto implica bajarse de la omnipotencia para reconocer con lucidez los propios recursos y los límites singulares de cada momento vital. Lejos de implicar resignación o conformismo, este movimiento habilita un sano proceso de construcción, donde el deseo puede inscribirse de forma progresiva y sustentable en la realidad.
Frente a las estructuras rígidas que tienden a quebrarse ante el primer obstáculo, el desafío psíquico consiste en desarrollar un pensamiento flexible . Poder ceder ante la exigencia de ideales absolutos permite reinventar el rumbo tras cada caída y acceder a momentos de felicidad posibles, singulares y auténticos.
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