Frente a la pesadumbre o las asperezas de un presente complejo, el psiquismo suele emprender un viaje mental hacia el ayer en busca de alivio y serenidad. Lejos de ser un estado intrínsecamente perjudicial, la nostalgia opera como un recurso del psiquismo para reconectarse con vivencias y afectos significativos. Sin embargo, el riesgo se presenta cuando caemos en la trampa de la nostalgia: una selectividad complaciente donde la memoria tiende a rescatar únicamente lo luminoso, silenciando u olvidando los pesares de aquella época. Como advertía con lucidez Jorge Luis Borges, al añorar no extrañamos puntos geográficos, sino los tiempos habitados en ellos.
De manera paralela, suele instalarse otra perturbación que hipoteca la energía psíquica: el anclaje en el autorreproche neurótico. Quedar atrapados en la fantasía de «lo que pudo haber sido y no fue» —torturándose por una palabra callada o una oportunidad laboral desestimada— condena al sujeto a un estéril costo psíquico. Mientras la nostalgia embellece de forma ilusoria lo que ya no volverá, el reproche castiga al yo por una decisión del pasado juzgada con la mirada del presente.
La apuesta de la clínica psicoanalítica consiste en desarticular estas fijaciones para transformar el lamento en un aprendizaje subjetivo. Reconocer que el pasado forma parte de nuestra historia biográfica permite integrarlo sin que devenga una trinchera paralizante: una reconciliación interna indispensable para volver a anclarse en el presente y abrirse a las oportunidades presentes orientadas por el propio deseo.
Mira la entrevista completa a continuación, y lee el ensayo complementario «Un salto en el tiempo: ¿Vivir o Repetir? (Versión 2026)» al pie de esta publicación para continuar profundizando en este recorrido.
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