A lo largo de la historia, el cuerpo humano ha sido objeto de diversas capturas discursivas: si en épocas pasadas el discurso religioso lo reducía a la categoría de pecado moral, en la contemporaneidad el mercado y la cultura digital lo han transformado en un implacable objeto de consumo. A través de las pantallas y los filtros digitales, se sostiene la fantasía ilusoria de una juventud eterna: una galería de imágenes pulidas y retocadas que erigen un ideal estético inalcanzable.
La fractura psíquica se desata cuando la mirada retorna sobre la propia carne: la dolorosa discrepancia entre el semblante perfecto consumido en las redes y el reflejo real que devuelve el espejo engendra un hondo sufrimiento anímico. En este ecosistema, la mirada del semejante ha quedado reducida a la métrica algorítmica del «me gusta» y el conteo de seguidores, consolidando una riesgosa ilusión: creer que el estatuto del propio existir depende de la validación de un like. En esa urgencia por ser aprobado, el imperativo de aparentar desplaza y silencia por completo al auténtico sentir.
Esta búsqueda desesperada de reconocimiento empuja con frecuencia a una exposición desmedida que borra la frontera indispensable entre lo público y lo privado. Cuando todo se exhibe sin velos, se mina aquello que resulta estructurante para el psiquismo: la preservación de una zona de reserva e intimidad. El colapso entre la imagen ficticia y el cuerpo vivido suele eclosionar en severas crisis de angustia, síntomas somáticos y trastornos de la conducta alimentaria. Frente a la alienación del ojo ajeno, la apuesta analítica convoca a sustraer el cuerpo de la vidriera del consumo para devolverle su espesor subjetivo y enlazarlo a la verdad del propio deseo.
Mira la entrevista completa a continuación (desde los 8 minutos y 40 segundos, a los 12 minutos y 50 segundos), y te invito a consultar el ensayo complementario «Cuerpo mirado, cuerpo minado» al pie de esta publicación para continuar explorando este tema.
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