En una cultura dominada por la primacía de la mirada y el rendimiento en redes sociales, la cantidad de seguidores suele funcionar engañosamente como un currículum de validez personal. En este escenario, el anhelo de convertirse en influencer y la obsesión por viralizar contenidos esconden una sugerente proximidad con los significantes médicos de la «influenza» y el «virus»: dinámicas altamente contagiosas donde la búsqueda desenfrenada de visibilidad y estatus posterga cualquier interrogación ética sobre el contenido que se transmite.
Bajo esta lógica de mercado, la corporalidad sufre una violenta desarticulación: el cuerpo queda fragmentado en imágenes. Al recortarse y exhibirse por partes con el único propósito de captar la mirada ajena, el organismo corre el riesgo de degradarse a la condición de un mero gadget utilitario al servicio del consumo visual. Lo más alarmante de esta operación es que en ese recorte cae el sujeto mismo: sus pensamientos, emociones, angustias y deseos singulares quedan relegados a un resto desestimado.
Sin embargo, aquello que la conciencia silencia en nombre de la estética termina retornando inevitablemente en lo somático. Cuando todo el valor del ser se hace recaer sobre la imagen, el cuerpo pesa y hace síntoma: emergen desórdenes de la conducta alimentaria, cortes, afecciones dermatológicas y diversos sufrimientos anímicos que denuncian el malestar. El abordaje psicoanalítico propone rescatar al cuerpo del circuito del objeto para devolverle su estatuto de cuerpo hablante, enlazado a la palabra y a la subjetividad.
Mira la entrevista completa a continuación, y te invito a leer el ensayo complementario «El peso del cuerpo» al pie de esta publicación para continuar profundizando en esta temática.
Escrito relacionado:



