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“Llagas del silencio: abusos en el alma”

 

“D” es una paciente de 43 años, que arriba al consultorio por derivación de su psiquiatra.

Es hija única. A sus 16 años muere su padre por un ataque cardíaco: “mi papá era el mejor del mundo, y se fue en el peor momento”.

Como motivo de consulta manifiesta: “vengo acá por qué quiero entender qué fue lo que me llevó a todo esto que llevo conmigo”.

En el 2003 “empieza un yunque que me ata y no me deja crecer, que se llama “L”. Él es agresivo,  verbal y gestualmente, y yo soy ácida e irónica y me prendo a su ira.  Es una constante de agresiones y peleas. Ahora vivimos juntos, pero separados.”

Sentirse atrapada en las redes de un manipulador, enganchándose en sus provocaciones. Trampa de “intoxicación constante”, repetición que no cesa.

“Cada vez que le intento poner límite a su ira y le digo que ya no lo quiero, se viene un teleteatro. Me ha llegado a decir: voy a seguir sufriendo el resto de mi vida por no tenerte, estaba esperando ese tiro en el pecho”.

Escena clásica de manipulación por parte de un violento, quien al encontrar un límite se pone en posición de víctima, buscando generar culpa en el otro.

A lo antedicho se suma el temor de la paciente a estar sola, “sin un otro”.

El cuerpo de “D” comienza a hablar: “Desde el embarazo de mi primer hijo, momento en el que “L” se muestra como es, me aparecen llagas esporádicas, que se ulceran, dejan cicatriz y duelen mucho. En el 2016 me brote toda, y me diagnostican papulosis linfomatoide de tipo B (conocida como LyP), es un cáncer de sangre raro, linfoma no hodgkin cutáneo de células T de sangre, soy el único caso en la ciudad. Tomo quimio vía oral.” “Tengo cáncer, pero cuando supe que no me iba a morir de eso, pensé: ¿qué hace una mancha más?”.

A partir de esto, se abre como pregunta: ¿qué otras manchas sentís que hay en tu historia?”

“A mis 16 años, conozco a un chico de 21 años, a mi papá no le gustaba. El día que muere mi papá, le pido que me acompañe al velatorio. Me lleva a casa, y me termino sintiendo obligada a tener sexo con él en mi casa, mientras velaban a mi papá. Quedo embarazada. Mi pediatra y mi mamá me dicen: te lo tenes que sacar. Yo solo me agarraba la panza, no quería sacármelo, pero no tuve opciones. Aborte, no soportaba el dolor. Luego de eso, este muchacho se puso loco, tuve que hacerle una denuncia. Hace dos meses recibo en el Facebook un mensaje de él… Se me heló la sangre.

“D” atraviesa su adolescencia, padeciendo situaciones traumáticas que marcarían su vida y su cuerpo.

La muerte de un padre amoroso, y en pleno dolor por su pérdida, sufre el abuso de un novio mayor de edad. Muestra gráfica del abuso de poder  en vínculos de adolescentes con alguien mayor de edad, engaño que consiste en hacerles creer que consienten la relación, cuando en realidad se sienten en la “obligación de …, por amor a”.

Un perverso ejerce su poder aprovechándose de una doble vulnerabilidad, una menor de edad atravesada por la muerte de un padre.

En la misma escena, otro abuso: obligación de abortar, abuso de un pediatra, abuso de una madre. Una mujercita más que no sabe dónde, ni cómo pedir ayuda para salvar a un hijo que crece en su vientre.

“Cuando me obligaron a abortar, la sensación en el cuerpo fue como de un dolor menstrual”. Sangre perdida, sangre muerta, un alma que no nace ni despierta.

En el discurso de la paciente aparece otra marca:

“A mis 4 o 5 años, estábamos en la casa de mi abuela festejando algo, y el esposo de la hermana de mi papá (tío) se va a dormir la siesta. Me dice: vamos a dormir la siesta, y sacó su miembro. Me sentí mal, incómoda y me fui. Pero antes de irme me dijo: shh, no le digas a nadie esto.

Un terrible perverso marca la infancia de “D”, otra etapa de su vida manchada por un abusador. Llagas de dolor, secretos guardados por temor.

Con el transcurrir de los encuentros, el relato de la paciente se centra en su relación con “L”, sucediéndose diversas escenas de violencia, gritos y locura, que traen aparejadas consecuencias en la salud de “D”: temblores, miedos, pánico, migrañas con disminución de la visión (que requieren internaciones con suero y morfina).

Luego de varios meses de intenso trabajo, “D” logra sacar a “L” de su casa (previa amenaza de denuncia judicial), concretándose su separación, tanto física como interna.

“D” se permite conocer otros hombres, necesitando a alguien que esté, que le mande mensajes y le hable: “lo sexual para mí es secundario, yo necesito un abrazo.” En cada encuentro, se produce en “D” una gran ilusión al ser abrazada, derrumbándose cada vínculo a las pocas semanas.

“Cuando me abrazó, sentí como que estaba en otro mundo, fue algo hermoso e increíble, me sentí contenida, segura.”

Repetición de una búsqueda desesperada de un abrazo que no llega, que conlleva a ilusiones rotas, con la consecuente caída en su estado de ánimo.

Frente a esta repetición, se abre como pregunta: “¿el abrazo de quién estarás buscando en estos hombres que conoces? ¿La intensidad con que experimentas ese sentimiento de soledad, remite a un hombre que recién conoces, o a alguien perdido hace años que ya no está?”

De esta manera, comienza a aparecer el dolor por el duelo de su padre, que en su momento fue “tapado y postergado” por el dolor de silencios y abusos.

Durante este proceso de duelo, llega la fecha del día del padre. “D”decide buscar una foto con su padre para publicarla en las redes sociales. Se produce un encuentro con lo traumático, al chocarse con una imagen de su tío abusador: “Vi su foto y se me heló la sangre, recordé que él me hacía así: shh (acompañado de gesto de callarse, silencio).”

Aparece un pedido de ayuda por parte de “D”: “necesito hacer algo con todo esto, quiero denunciarlo a este tipo y que se sepa el daño que se siente al ser abusada. Vine hoy acá, al consultorio, a buscar una sugerencia tuya sobre cómo hacerlo.”

Ante esto se señala: “hay una frase que se repite en tu discurso frente al relato de situaciones traumáticas: se me heló la sangre. Esas llagas abiertas en tu cuerpo, consecuencia del cáncer a la sangre, ¿tendrán que ver con tu sangre helada?”

A continuación, reaparece el recuerdo sobre la situación de aborto en su adolescencia: “yo no quería abortar, me agarraba la panza para que no me lo saquen, pero mi mamá pagó y cuando me desperté, me dieron en un frasquito a mi bebé (angustia).” “Luego del aborto comencé a pintar, mi primer cuadro era estéticamente horrible, era sobre dos fetos…”

“D” en su recuerdo, habilita el medio de expresión para denunciar: su arte, su pintar.

Pintura que acompaña este texto, expresando sus sentir-es.

Sentir-es acompañados por Decir-es, desde mi lugar de analista:

“Llagas abiertas, infectadas en carne viva.

Sangre helada, contaminada y fría.

Mancha de un cuerpo que grita, piel que se marchita.

Piel descascarada, con necesidad de ser reparada.

Llagas de un alma dolida, cicatrizan al ser pintadas”.

 

Lic Germán Rothstein

Contribución Plástica realizada por “D”

 

 

Siempre que vuelve la nena a esta foto anuncia que el piso de piedras y el mármol de escalas no es nada de cuadros ni ritmos, salvo la piel de rodillas y muñecas, mechón o sonrisa no pudo ver todo ni a mí en su celda, al lado del lazo y atrás de la luz de sus ojos de Siempre.

Foto de Alécio de Andrade.

Texto de Mauricio Gutiérrez.

 

 

Firmado por: SAFE CREATIVE, S.L.. A fecha: 27-jun-2018 2:16:28 UTC
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2 comentarios sobre ““Llagas del silencio: abusos en el alma””

  1. Sí es muy fuerte. Todo es abuso y violencia. Me dio escalofrío todo lo que ha vivido, que le dieran a su bb es terrible, cruel. Su madre. la traicionó, no la cuidó. No la juzgo me limito a los hechos. Es una mujer valiente, una sobreviviente más entre tanta locura y muerte. Espero que pueda salir adelante. Lo más dificil, pedir ayuda, ya está. Abrazo.

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