Hace un tiempo, escuché una viñeta clínica que ilustra con una precisión asombrosa la estructura del aparato psíquico frente a lo insoportable. Se cuenta que un grupo de estudiantes de psicología visitó la sala de un neuropsiquiátrico. Al interactuar con uno de los internos, quedaron profundamente sorprendidos: el hombre conversaba con una lucidez admirable, razonaba con lógica y se comportaba con una normalidad absoluta. Desconcertados, se acercaron al psiquiatra de sala y le preguntaron: «¿Por qué está internado si se lo ve tan estable y conectado con la realidad?». El médico, con la templanza de quien conoce los laberintos de la mente, les respondió: «Vayan y pregúntenle por la cajita que guarda debajo de la cama». Al hacerlo, la aparente normalidad se hizo añicos en un milisegundo: el interno detonó instantáneamente un delirio paranoide sistematizado, feroz y perfectamente articulado para defender la ficción que habitaba en ese recipiente.

El delirio como intento de curación
Desde el psicoanálisis, particularmente a partir de las teorizaciones de Sigmund Freud sobre el caso Schreber, entendemos que el delirio no es simplemente la enfermedad en sí misma, sino un intento de restitución. Es un parche, un esfuerzo desesperado del psiquismo por volver a conectar con un mundo que se ha vuelto intolerable. Ese núcleo de certeza paranoide puede permanecer dormido y encapsulado mientras la cotidianidad fluye sin sobresaltos. Pero basta que alguien intente tocar o cuestionar el contenido de esa «cajita» para que el sujeto reaccione con violencia defensiva, protegiendo a toda costa la ilusión que sostiene su frágil estabilidad.
Un neuropsiquiátrico a cielo abierto
Si trasladamos esta lente clínica del consultorio al tejido social contemporáneo, el diagnóstico resulta tan fascinante como inquietante: asistimos a una época que por momentos parece funcionar como un «inmenso neuropsiquiátrico a cielo abierto». En la superficie, las masas operan con aparente funcionalidad; trabajamos, consumimos, mantenemos rutinas y acatamos las normas civiles. Sin embargo, colectivamente escondemos nuestras propias «cajitas»: ideologías rígidas, ídolos intocables, dogmas incuestionables y fanatismos ciegos.
Freud nos enseñó en Psicología de las masas que, en el fervor de la multitud, el sujeto individual cede su propio Ideal del Yo para poner en ese lugar a un líder, a un objeto o a una creencia absoluta. Al hacer esto, el pensamiento crítico individual se diluye en favor del sentido de pertenencia y de la ilusión compartida.

La fractura de la ilusión y la «mano negra»
El problema surge cuando la realidad empírica —siempre terca y siempre atravesada por la falta— desmiente la ficción de la masa. Cuando el ideal se agrieta o el relato se derrumba frente a los hechos, la reacción colectiva es exactamente idéntica a la del interno de nuestra viñeta.
En lugar de procesar el duelo de la pérdida o tolerar la herida narcisista de la derrota, la masa activa un mecanismo de proyección paranoide: se inventan conspiraciones, se denuncian «manos negras» y se tejen tramas ocultas. Construir un enemigo externo y omnipotente siempre es un atajo psicológico más fácil que aceptar la angustia de que la realidad no se ajusta a nuestros deseos.
El resguardo del acto analítico
Frente a esta efervescencia social, donde la captura imaginaria de la masa amenaza con devorar la capacidad de pensar, la posición clínica exige encarnar la figura del observador no participante. Quien mira el fenómeno desde la frontera analítica practica una suerte de abstinencia: no se enoja, no moraliza ni se desgasta discutiendo con el fervor del brote colectivo.

La teoría, la lectura estructural y la escucha se vuelven nuestro escudo más valioso. Pensar, decodificar el síntoma y ponerle palabras a la época se convierte en una manera vital de mantenerse a salvo y con los pies sobre la tierra frente a los remolinos del ruido del entorno.
Sabemos que, en una sociedad que muchas veces prefiere anestesiarse con ficciones compartidas antes que lidiar con la fricción de los hechos, señalar que la cajita está vacía suele tener un costo alto: el rechazo o la cancelación de quien perturba el sueño de la masa. Por eso, el acto analítico a veces reside en saber callar en medio del bullicio inmediato, para luego escribir y pensar en pausa, entendiendo que interrogar nuestras propias ilusiones es el primer paso indispensable para recuperar la libertad intelectual.
Lic. Germán Rothstein @psicorosty | www.psicorosty.com
📚 Referencias y lecturas que dialogan con este texto:
- Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1911). Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente. Amorrortu Editores.
- Le Bon, G. (1895). Psicología de las multitudes. Morata.
- Lacan, J. (1955-1956). El Seminario, Libro 3: Las psicosis. Paidós.



