Frente a las crisis sociopolíticas recurrentes y la pérdida de confianza, emigrar suele perfilarse como una salida obligada o una búsqueda de porvenir. Sin embargo, la partida inaugura un instante de hondo desgarro —el llamado check-in time en los aeropuertos—, donde el anhelo del que viaja convive con el abrazo desesperado de quienes quedan, intentando retener una presencia que se desvanece en la distancia.
Al pisar el nuevo destino, el vuelo de la ilusión suele confrontarse con un duro despertar. Emerge entonces el peso del desarraigo afectivo y cultural: la pérdida de la calidez vincular cotidiana, el choque con la distancia de otras sociedades y la dificultad para tramitar el duelo por lo dejado atrás. En ese tránsito, el migrante no solo debe adaptarse a una geografía ajena, sino aprender a lidiar con la soledad y la extranjeridad.
Frente a la intemperie que puede representar el afuera, la propuesta clínica invita a aterrizar en el paisaje interior. Se trata de forjar una patria interior : un espacio psíquico propio que aloje las raíces, integre las marcas de origen y permita crecer internamente en un nuevo mundo sin quedar cautivo de la idealización ni de la añoranza paralizante.
Mirá la entrevista completa a continuación, y te invito a leer el texto complementario «Sueños de migración» al pie de esta publicación para profundizar en las dimensiones subjetivas del emigrar.
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