El «Lifting» de la subjetividad: La anestesia de nuestra propia historia

Hay rostros que tienen el don de detener el tiempo, precisamente porque no intentan ocultarlo. Si alguna vez te tomaste un instante para contemplar con detenimiento la cara de un abuelo o una abuela, seguramente hayas notado que allí no hay simplemente piel desgastada. Lo que se dibuja en esos surcos son verdaderos mapas; cartografías de experiencias vividas que retratan los recuerdos de historias profundamente sentidas.

Sigmund Freud nos enseñó que nuestras vivencias más significativas se inscriben en el aparato psíquico como huellas mnémicas. Con el paso de los años, esas marcas internas y profundas encuentran su resonancia visible en el cuerpo. Una mirada serena o una línea de expresión al sonreír nos hablan de décadas de sabiduría. Son rostros que narran biografías enteras, dejando constancia de que allí habita un sujeto que ha deseado y ha vivido.

Sin embargo, basta con asomarnos un segundo al mundo actual para notar que el mercado le ha declarado una guerra feroz a estas huellas.

El imperativo de la imagen y la parálisis del afecto

Vivimos arrinconados por la falacia de la eterna juventud. En la era de las redes sociales, padecemos el empuje de lo que Jacques Lacan denominó el Discurso Capitalista: una maquinaria que rechaza la falta (nuestra incompletud, nuestra vejez) y nos empuja a consumir compulsivamente para intentar taponarla.

Hoy recae sobre nosotros un mandato feroz. El mercado nos ordena gozar ininterrumpidamente de nuestra propia imagen. Para entender la crueldad de esta orden, el psicoanálisis hace una diferencia vital: el placer no es lo mismo que el goce. El placer es sano porque tiene un límite, un borde que cuida al sujeto; uno disfruta de algo hasta saciarse, y luego puede detenerse y descansar. El goce, en cambio, es un exceso destructivo, un empuje ciego que no tiene freno.

Nuestra época nos impone este goce estético: nos exige mostrarnos siempre jóvenes, intactos, alienados frente a la cámara como si fuéramos imágenes de cristal, perfectas y sin fisuras. ¿Por qué nos obsesiona tanto esa perfección lisa? Porque envejecer nos enfrenta a la verdad más dura: el límite ineludible de nuestra propia finitud, lo que en psicoanálisis llamamos la castración. Y para evadir la angustia inmensa que nos genera saber que el tiempo pasa y que no somos eternos, la cultura nos ofrece una salida perturbadora.

Ya no se trata solamente del intento de estirar la piel o de ocultarnos tras los filtros de las pantallas. Lo más sintomático de nuestra cultura es el empuje a rellenar y adormecer esas marcas.

Pensemos un instante en intervenciones como el bótox. Desde una lectura clínica, lo que hacemos es introducir una sustancia para que el músculo quede paralizado, dormido. Lo que se anestesia es la capacidad misma de expresión. Se paraliza el músculo para que el enojo, la sorpresa, el dolor o la carcajada no puedan responder y, por lo tanto, no dejen su marca en la piel. Rellenamos nuestras arrugas de «nada» para adormecer aquello que hace surco.

El «lifting» de subjetividad y los individuos en serie

El costo psíquico de esta exigencia estética es devastador. Al paralizar la piel para que no hable, terminamos ejecutando un verdadero «lifting de subjetividad». En el afán de borrar el paso del tiempo, borramos también el registro de los duelos superados, de las pasiones y de las risas compartidas.

El imperativo del mercado en la era de la imagen busca que todos quedemos iguales. Al anestesiar nuestras huellas singulares, nos convertimos en individuos producidos en serie, padeciendo una trágica ceguera de personalidad.

La belleza de lo vivido y el fuego de la transmisión

Frente a este encapsulamiento estético que nos vacía, asumir el paso del tiempo se convierte en un acto de valentía y de salud mental. Cuando nos permitimos envejecer, rescatamos un tesoro añejo de ternura y amor. Esas «llamaradas de fuego» con las que llegamos al mundo no se apagan; cobran vida en la ventana del alma, reflejando vivencias dulces, amargas, cálidas y frías.

Un psiquismo en pleno desarrollo necesita imperiosamente de la transmisión. Las jóvenes generaciones necesitan escuchar los maravillosos relatos de otros tiempos que resuenan en el timbre de voz de los mayores. Necesitan adultos que no compitan por parecer eternamente adolescentes, sino que ofrezcan sus anécdotas, repletas de los sueños y las pasiones que los trajeron hasta aquí.

Quizás el desafío más grande, y el más hermoso de nuestra época, sea tener el coraje de mirarnos al espejo, acariciar nuestras propias huellas y sentir el profundo orgullo de saber que hemos vivido.

Texto: Lic. Germán Rothstein 

Imágenes: Gemini IA

📚 Referencias Bibliográficas

  • Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños [Concepto de huellas mnémicas]. En Obras Completas, Vol. IV y V. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. En Obras Completas, Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
  • Lacan, J. (1949). El estadio del espejo como formador de la función del yo. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
  • Lacan, J. (1959-1960). El Seminario, Libro 7: La ética del psicoanálisis [Conceptos de Placer vs. Goce]. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1972). Hablo a las paredes [Concepto de Discurso Capitalista]. Buenos Aires: Paidós.

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