
Hubo un tiempo en que el miedo tenía textura. Durante siglos, la sociedad utilizó el terror como una cruda brújula de supervivencia: el lobo acechando en el bosque o el «cuco» escondido en la oscuridad funcionaban como fronteras invisibles para evitar que los niños se ahogaran en el río o se perdieran en la inmensidad de la noche. Luego, la historia nos llevó por los senderos del miedo espiritual y el disciplinamiento médico, donde la amenaza tomaba la forma de la enfermedad.
Hoy, sin embargo, hemos inaugurado la era de la «asepsia emocional». La pedagogía contemporánea parece exigirnos una cruzada imposible: erradicar el miedo de la infancia. Si un niño tiembla ante la oscuridad, nuestra respuesta automática es encender todas las luces, abrir los placares de par en par y decretar, con una frialdad casi notarial: «Mirá, no hay ningún monstruo».
Esta desinfección del terror nos empuja hacia una paradoja ineludible. Es innegable que habitamos un mundo donde la inseguridad es real y palpable. Pero, ante esa hostilidad, en lugar de tomar a los niños de la mano y acompañarlos a buscar espacios donde la vida siga siendo transitable, el mundo adulto suele optar por la solución más rápida y asfixiante: el encierro.
Es aquí donde la clínica psicoanalítica nos obliga a formular una pregunta que incomoda: ¿De quién es el miedo, verdaderamente? En la intimidad del consultorio comprobamos que los terrores infantiles de cada época terminan siendo el espejo donde se reflejan las obsesiones de los adultos. El miedo —esa reacción vital ante un peligro presente— ha sido desplazado por el temor: una anticipación paranoica sobre un daño futuro que aún no ocurrió. Lo que encierra a las infancias hoy no es el miedo al monstruo, sino nuestro propio terror ciego frente al mañana.
La invención necesaria del monstruo y el dique de la fobia

Nos han vendido la ilusión de que un niño sano es aquel que no le teme a nada. Pero amputarle el miedo a un sujeto es, en el fondo, dejarlo psíquicamente a la intemperie.
La angustia, en su estado más puro, es el terror al vacío. Es la sensación insoportable de caer en un abismo negro, sin nombre y sin bordes. Para no perderse en esa nada, la mente infantil, en un acto de pura supervivencia, toma esa angustia abstracta y se la «pega» a un objeto concreto. Le pone un rostro, colmillos, garras, o la silueta de la oscuridad. Sigmund Freud nos enseñó hace más de un siglo que la fobia opera aquí como un «intento de curación». Es lo que en psicoanálisis llamamos una formación de compromiso: el niño paga un costo, por supuesto, pero logra localizar esa angustia que lo desborda en un objeto externo del cual ahora puede esconderse o huir. Al ponerle un nombre al abismo, lo vuelve gobernable.
Cuando el adulto, en su afán hiperracional, le destruye de un plumazo todos los monstruos de la fantasía, no lo está curando; le está dinamitando su dique de contención, dejándolo a merced de una angustia que ya no tiene forma de nombrar.
El daño de Disney y la casa de ladrillos

Para procesar estas tormentas internas, los niños del pasado utilizaban los cuentos. Hoy, bajo la mirada escandalizada del progresismo aséptico, corporaciones como Disney, entre tantas otras, se han encargado de «lavar» los cuentos de hadas y los relatos tradicionales para volverlos edulcorados e inofensivos.
Bruno Bettelheim lo advertía con suma preocupación: esto es un error clínico gravísimo. Los niños alojan pensamientos oscuros, rivalidades, enojos e impulsos agresivos. Si en los relatos que les ofrecemos todos los personajes son puros, buenos y luminosos, el niño sentirá que él es un monstruo anormal por albergar pulsiones hostiles. Los cuentos de hadas originales, con sus brujas sádicas y lobos feroces, le permitían depositar su propia destructividad en el villano. Ver al cazador derrotar a la bestia le daba la esperanza íntima de que sus propios impulsos también podían ser dominados. Quitarle la crueldad al cuento es robarle la arcilla con la que modela su psiquismo.
Pensemos en Los Tres Chanchitos. Los hermanos que levantan sus casas con ramas y madera encarnan a esa infancia gobernada por el Proceso Primario y el Principio del Placer: un psiquismo que no tolera la frustración y exige la descarga o gratificación instantánea para volver al juego. Pero el Lobo no es solo un animal; es la pulsión destructiva que sopla y derriba esas defensas endebles.
El tercer chanchito representa el arduo arribo de la madurez psíquica: la instauración del Proceso Secundario y el Principio de Realidad. Este sujeto ya es capaz de aceptar el tiempo de espera, la frustración y el rodeo necesario para construir una estructura sólida y duradera. El cuento no le negaba al monstruo; le enseñaba que, frente a sus garras, existe la posibilidad de forjar una fortaleza de ladrillos para no ser devorado.
El juguete anestésico y la soledad acompañada

Somos testigos de la generación más hiperprotegida y monitoreada de la historia. El psicoanalista Donald W. Winnicott nos regaló un concepto que hoy parece un milagro: la «capacidad de estar solo». Este logro fundamental del desarrollo emocional se conquista, paradójicamente, cuando el niño logra jugar absorto en su propio mundo en presencia de su madre. Es el saber que hay un adulto cerca, disponible, pero que no interfiere en cada milisegundo de su fantasía.
Winnicott nos invitaba a constituirnos como un «ambiente facilitador» y ejercer un holding (sostén) adecuado. Dejar que el chico tropiece, se frustre, sienta miedo y encuentre sus propios recursos. Hoy, en cambio, envolvemos a las infancias en plástico de burbujas. Al no permitirles habitar esa soledad acompañada, estamos criando sujetos de cristal, incapaces de estar consigo mismos sin sentir que se desintegran.
Los juguetes siempre han sido el reflejo de las exigencias de cada época. ¿Qué le ofrecimos a esta generación? Cambiamos la vitalidad del juguete tridimensional —ese que se ensucia, se rompe y requiere salir al mundo— por la chatura fría y bidimensional de las pantallas. Con la excusa de que afuera acechan los peligros, encerramos al chico en su habitación y le dimos una tablet como niñera.
Sin darnos cuenta, estamos asfixiando la fantasía. El relato oral de un abuelo obligaba al niño a realizar un verdadero trabajo psíquico: imaginar su propio bosque y moldear la cara de su propio lobo. Hoy, la sobreestimulación de imágenes le entrega todo prefabricado, confinándolo a una pasividad silenciosa y mortífera. El algoritmo se ha convertido en el juguete definitivo de nuestra neurosis contemporánea: queremos infancias quietas, limpias y sin riesgos físicos, pero las arrojamos a la inmensidad de la red en la más absoluta soledad. Los salvamos del lobo del bosque, pero metimos en sus camas al depredador más letal del presente. Al robarles la casa de ladrillos, los dejamos edificando su identidad en un frágil castillo de naipes digital que colapsa frente a cualquier comentario ajeno.

La gran ilusión de nuestro tiempo es creer que podemos diseñar vidas de laboratorio, vaciadas de dolor, de miedo y de frustración. Pero el miedo es la materia prima con la que nos hacemos humanos. El desafío ético que tenemos por delante no es barrer a los monstruos de debajo de la cama. El verdadero desafío es tener el coraje de soportar nuestra propia angustia adulta para poder sentarnos en el borde de esa cama, encender la linterna con ellos y enseñarles que los bosques oscuros existen, pero que, con tiempo y palabras, tendrán la estructura suficiente para cruzarlos sin perderse.
Texto: Lic. Germán Rothstein
Imágenes: Gemini IA
📚 Referencias Bibliográficas
- Bettelheim, B. (1976). Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Barcelona: Crítica.
- Freud, S. (1909). Análisis de la fobia de un niño de cinco años (El caso Juanito). En Obras Completas, Vol. X. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1911). Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. En Obras Completas, Vol. XII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras Completas, Vol. XX. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
- Winnicott, D. W. (1958). La capacidad para estar solo. En El proceso de maduración en el niño. Barcelona: Laia.
- Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Barcelona: Gedisa.



