
El otro día me pasó algo que me dejó pensando. Entré a mi historial de conversaciones de Gemini y, por un error del sistema, la pantalla estaba en blanco: meses de conversaciones, ideas y registros habían desaparecido. Sentí esa molestia típica del que pierde algo valioso, pero enseguida apareció la pregunta clínica: ¿qué es lo que realmente perdemos cuando se borra un archivo?
Solemos creer que la tecnología es una extensión de nuestra mente, pero hay una diferencia fundamental que necesitamos rescatar: una cosa es almacenar información y otra muy distinta es construir un recuerdo.
En la nube, los datos se guardan de forma fría, estática y, a veces, acumulativa. Pero el psicoanálisis nos enseña que nuestra memoria no funciona así. No somos un disco rígido. Ya en 1925, Sigmund Freud buscó una metáfora para explicar esto y se encontró con un juguete de la época: la «pizarra mágica» (Wunderblock).
Era un dispositivo simple, con una lámina de celuloide sobre una tablilla de cera. Uno escribía, luego levantaba la lámina y lo escrito desaparecía de la superficie, quedando la pizarra lista para un nuevo registro. Pero (este es el detalle importante) en la cera de abajo la huella permanecía. Ese es nuestro aparato psíquico: una superficie que siempre está lista para percibir lo nuevo, mientras que en lo profundo se van tramando las marcas de nuestra historia. La nube intenta ser una pizarra que nunca se levanta, donde todo queda a la vista, pero curiosamente, en ese exceso de registro, a veces perdemos la capacidad de hacer una huella propia.
El «Mal de Archivo» en la era del screenshot (captura de pantalla)
Esta necesidad compulsiva que tenemos hoy de registrarlo todo (el café que tomamos, la ruta que pedaleamos, el chat que nos conmovió) me hace pensar en lo que Jacques Derrida llamaba el «Mal de Archivo». Ya no solo guardamos recuerdos; estamos febrilmente acumulando pruebas de que estuvimos ahí. El problema es que, en esa carrera por archivar, el archivo deja de ser una ayuda para la memoria y se convierte en una carga.

El archivo digital tiene un «poder arcóntico», como decía Derrida; es decir, tiene el poder de poner orden y ley a nuestra historia. El algoritmo decide qué foto de hace cinco años nos muestra hoy como «un recuerdo», imponiéndonos una narrativa externa. Pero la memoria subjetiva es rebelde, es fragmentaria y, sobre todo, necesita del olvido para poder elegir qué es lo importante. Si lo recordamos todo con la misma intensidad de un bit, terminamos por no significar nada.
Los fantasmas digitales y el trabajo del duelo
Donde esta tensión se vuelve más crítica es en los nuevos fenómenos de la red, como los llamados «griefbots». Hoy es técnicamente posible «charlar» con una inteligencia artificial que imita la voz o el estilo de alguien que ya no está, alimentada por sus viejos mails o mensajes. Aquí la memoria digital se vuelve una trampa peligrosa para el psiquismo.
El duelo no es conservar el rastro del otro de manera intacta; el duelo es, precisamente, el proceso de tramitar una pérdida, de aceptar que hay un vacío que no se puede llenar con datos. Intentar que el archivo «viva» por siempre es impedir que el sujeto haga su propio camino de resignificación. Como analista, veo que el desafío hoy no es recordar más, sino aprender a narrar lo que queda después de que el archivo falla.
El analista frente al algoritmo: recuperar la historia narrativa
En un mundo que tiende a la homogeneización, donde parece que somos solo el resultado de nuestras estadísticas de búsqueda, el psicoanálisis reivindica la dignidad del silencio y la pausa, siendo fundamental el “tiempo de espera interno”. Mi función en el consultorio (y también mi apuesta en este espacio web) no es ser un disco rígido que almacena datos de mis pacientes, sino alguien que escucha las grietas de ese relato.
Frente a la frialdad de los datos des-historizados de la IA, nosotros apostamos a las «buenas historias». Esas que, como vimos con los hermanos Park (Serie: Mi Señor), se construyen en el barro de la vida cotidiana y no en la perfección aséptica de la nube. El archivo digital no sustituye al inconsciente; lo desafía a encontrar nuevas formas de decir. Solo cuando nos animamos a pasar de ser un objeto del algoritmo a ser los autores de nuestro propio recuerdo, es cuando realmente empezamos a habitar nuestra paz.
Texto: Lic. Germán Rothstein.
Imágenes: Gemini IA.
Motor de investigación: Gemini IA.
Referencias Bibliográficas:
– Freud, S. (1925). Nota sobre la «pizarra mágica». En Obras Completas, Vol. XIX. Amorrortu Editores.
– Derrida, J. (1995). Mal de archivo. Una impresión freudiana. Editorial Trotta.


